Anécdota de una
Desadaptada.
Se dice que la
adolescencia es la etapa más decisiva de nuestra vida, la serie de complejidades
que asumimos en ella nos lleva por un camino de incomprensión, búsqueda y
adaptación, esta última es sin duda el fin de la adolescencia y con ella todas
las penurias, creyendo estar en el lugar indicado empezamos a forjar el camino
para la adultez, aunque para algunos se vuelva más tardío es casi seguro que
desde allí muchos ya visualizan un panorama más real de sus gustos, anhelos,
sueños y proyectos.
Pero no todo en la
vida es un circulo perfecto, no todos siguen la corriente del mar, no todos caminan
en dirección, hay muchos que terminan la adolescencia incluso más perdidos de
lo que la empezaron, básicamente porque no se ajustan a las normativas
socialmente aceptadas.
A los 22, no soy la profesión soñada.
A los 23, no tengo el trabajo más top.
A los 24, no estoy casada(o).
A los 25, no tengo hijos y mascotas de cuadro familiar.
A los 28, no tengo una casa y carro de envidia.
A los 30, aun no tengo un logro importante en mi vida.
Y aunque por un tiempo pensé que éramos los más perdidos del
planeta, que perdurábamos en nuestra adolescencia por nuestra indecisión, realmente
entendí que nuestro camino lo habíamos forjado incluso mucho antes y la idea
era no seguir reescribiendo en hojas ya marcadas.
No le temo al tiempo, lo valoro por lo que es, una suma
de experiencias.
No le temo al fracaso, temo ser infeliz en oficinas con
vista a la gran ciudad.
No le temo al compromiso, he pactado conmigo para hacerme
feliz antes que…
No le temo a un cuadro familiar, me asusta un retrato con leves
separaciones y minúsculas risas.
No le temo a la comodidad, me sacude el conformismo y lo
habitual.
No le temo al éxito, me impacta la abundancia sin sentido.
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