Sentarnos y callar...
Que tiene de poderoso aquel metro cuadrado.Que tiene de excitante aquel eco paradisiaco.Que tiene de brillante acariciar el relato.Que tiene de letal aquel vacío de palabras.Que tiene de profundo la pausa de sonidos.
Un amanecer marcado por alarmas, un preparar sacudido por noticias, un caminar alentado por cornetas, una rutina envuelta en el teclado, un cierre despachado en el apagar, un llegar esperado por exigencias y un anochecer relatado por escenas; es la única señal de vida que empleamos desde el andar, un andar melodioso desde el respirar, es como si al vivir somos parte de una caja musical que suena con el amanecer y en algunos casos cesa al anochecer, somos más que despistados para recordar que el sonido solo se apaga cuando buscamos desconectarlo, de lo contrario no hay batería que desgaste unos cuántos porcentajes de notas musicales.
No hay ningún ruido tan desagradable para retomar nuestro inquietante silencio, siempre forjamos el camino desde el sonido, aquello que nos aturde parece confirmar la ruta, una donde el montón saca ventaja; somos máquinas repetitivas del sonido, aprovechando de esté una composición con notas altas y bajas tan extensa para no parar jamás, una pausa parece desorbitar a este mundo que solo danza al girar, danzamos por la incesante vibración de nunca apagar para escuchar, sabemos que para escuchar debemos parar, debemos callar, debemos hacer silencio y para el silencio no hay momento.
Este mundo es tan demandante que, si 24 horas no son suficientes para vivir, regalarle una de ellas al silencio es casi un absurdo, porque perder en esta carrera de siempre ganar más, no, no tiene sentido alguno, al menos no para los ruidosos, activos y los que nunca duermen, ellos no buscan estar para el silencio, no están cómodos durante la ausencia de palabras que recalcan una señal, lo melodioso a nuestro oído es escuchar lo que queremos escuchar y tal parece que el silencio solo responde lo que no queremos escuchar y menos preparados para aceptar, negarnos al silencio para responder dudas es casi o más violento que jugar a probar al contrario, usando al silencio como arma letal que impacta el desprecio por otros.
Ya se escucha el silencio.
Viene tan lejos, pero viene.
Es como si estar lejos lo hiciera alardear.
Pues de cerca sabe que puede atormentar.
Agita con fuerza sus manos para hacerse notar.
No está seguro si a tal distancia logramos apreciarle.
Si es que realmente hemos parado para mirarle.
Somos tan cínicos para tropezarle y no saludar.
Siempre ocupados deseamos estar.
Pero no lo suficiente para sentarnos y callar.


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